lunes, 24 de noviembre de 2014

LAS CRÓNICAS de MJ: "EL JUEGO DEL AMOR Y DEL AZAR" Marivaux/Flotats



Es imposible aparcar en depende qué zona de Madrid, a las siete de la tarde de un sábado. Resultado: una hora haciendo el carrusel hasta claudicar a favor de un parking público. Mientras espero a mi acompañante y conductor del vehículo, rumio el error, bajo la lluvia, formando parte de la fila india que pretende invadir el Teatro María Guerrero. Entre los paraguas abiertos que chocan, enganchándose en una contienda más bien ridícula; y el recodo que algún proyecto de espectador iluminado ha tenido a bien trazar para la consecución del orden de espera, sin que tenga sentido ninguno seguirlo como lo hacemos habiendo un camino más recto; vamos creando la atmósfera previa adecuada para presenciar una comedia.
Nuestros asientos están bien situados y, por ende, hay un hueco sin ocupar en la fila anterior que nos permite la visión del escenario sin mácula. Es un buen augurio. Sin embargo, la señora sentada a mi izquierda me deja claro, que para estorbo, ella; que tiene intención de castigarme  introduciendo su codo en mis costillas durante el tiempo que dure la función y el coloquio añadido. Otra contienda que se va a librar, si nadie lo remedia, que no seré yo... Que si deslizo el brazo hasta que cede el suyo, que si de aquí no lo muevo... en fin... un entretenimiento añadido, pero con mucho disimulo. Ella se ha traído sus codos y yo la tos; a la que, supongo, los ácaros milenarios del telón y de los asientos alimentan. Para controlar su voracidad (la de la tos, que no de la señora) y la mía, le pido a mi amor un chicle, ya que he olvidado los caramelos de rigor. Sí, el que me acompaña y se sienta a mi derecha es el hombre de mi vida; nada mejor para ver algo de Marivoux, el también llamado poeta del amor.
Salivando un poco más para suavizar mi garganta, no sé si haciendo menos ruido, me concentro en observar la escenografía: dos alturas diferenciadas por la balaustrada y los tramos cortos de escaleras que delimitan el centro del escenario; en los laterales, en primer y segundo término, árboles y setos tridimensionales; jardines pintados en telón de foro. Tonos pasteles, azulados y grisáceos. La impresión es neutra, plácida y también añeja, de otra época.



El tema musical que sirve de leitmotiv al montaje es el que inicia el espectáculo, en boca de uno de los actores que tararea la melodía mientras la apunta cual compositor que estuviera componiéndola. El director va a optar por dejar el sonido que acompaña al texto siempre en un segundo plano, como ambiente, ya sea musical, ya sean trinos de pájaros, ya sean truenos lejanos que amenazan lluvia. La palabra, por lo tanto, cobra desde el inicio todo el brío de la belleza y el humor con los que autor y traductor han sabido revestirlas. Al fondo, un criado recorta el seto cuando irrumpen en escena ama y criada en plena discusión acalorada; escucha el jardinero un poco y abandona.
Desde el comienzo hay disfrute, placer en los actores que ejercen su oficio; gozo en los personajes, que aman la vida y se abandonan a jugarla reinventándola, llevando hasta el límite sus estratagemas; infantiles con sus disfraces; atrevidos tras sus máscaras. Lo que destila el pensamiento de Miravaux, oculto bajo toda esta fanfarria luminosa, es una idea preclara de libre albedrío, de voluntarioso enfrentamiento con el amor y sus misterios, de plena conciencia de nuestra humana condición.
La trama es el equívoco y el público es cómplice de lo certero de los sentimientos que impulsan y generan las alocadas acciones de los protagonistas, aparentemente manejados como marionetas por aquellos que saben lo que ellos ignoran todavía. Una ya imagina el final, pero es grato entretenerse en esas conversaciones que les enredan, espiar sus picardías voluptuosas, reírse con ellos de nosotros mismos y de la vulnerabilidad a la que quedamos expuestos cuando el amor nos acontece. 
Y, por otra parte, ¿quién sabe el instante exacto del enamoramiento y conoce las claves que lo generan? Podría ser cualquier día, cualquier persona, cualquier gesto... Eso es lo maravilloso.
Todo se resuelve y cada cual ocupa su posición, se acabó el juego. Si se han quebrado las reglas, un poco sí se ha sufrido, pero esto añade las especias tan necesarias en un guiso que se ha de degustar una tarde en la que todo estaba tranquilo y, tras varios anuncios tímidos, el cielo o el azar amenazan tormenta, ahora sí, con un rotundo rugido. Oscuro.
Aplausos y saludos reiterados. Se marcha parte del público. Flotats no nos hace esperar demasiado y se adelanta a los actores para iniciar el debate. Nos habla de la figura del autor, de su entorno social y artístico; de su relevancia en la cultura francesa, en la europea, de sus influencias; de lo revolucionario de sus personajes (un padre que permite a su hija que decida sobre su casamiento, una mujer dispuesta a casarse solo si considera adecuado al que le proponen como marido; criados que no dudarían en traspasar las barreras que marcan las clases sociales, si el amor así lo ordena) del preciosismo del lenguaje utilizado por el autor y la dificultad que entraña la traducción a otra lengua; de cómo, efectivamente, el trabajo de traducción ha sido tan adecuado que la obra no ha perdido brillantez ni ritmo; de la fortuna de encontrar actores tan jóvenes, con tanto talento y tan esforzados; de la necesidad de conservar las tradiciones y el poco esfuerzo que se hace en España por parte de las instituciones... Unos cuantos espectadores que permanecen en sala, plantean a los artistas preguntas reiterativas y de contenido insignificante, aunque grandilocuentes, me temo, casi todas dirigidas al director; y tras una hora más de esfuerzo por  parte de los que están sobre el escenario, se da por terminada la conversación, si es que se puede llamar así.
Es una pena que tengamos la oportunidad de intercambiar impresiones, reflexionar con sus artífices sobre lo vivido a través de una obra de arte y que la malgastemos o la desaprovechemos. Y me incluyo. ¿Somos una panda de mirones, sin más? Por lo menos tenemos curiosidad...

Con todos mis respetos.,                                                
María José Cortes Robles

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