miércoles, 29 de abril de 2015

LAS CRÓNICAS DE MJ: El despertar de la hybris o la cuarta dimensión “Antígona”/ Miguel del Arco




Precipitarse. Perder el equilibrio. No permanecer adheridos a la intersección entre las coordenadas de espacio y tiempo. Sucumbir en brazos del peligro. O, en cambio, catalogar los impulsos cuidadosamente, almacenar lo mensurable, desechar la desmesura. ¿Dónde queda el entusiasmo? Sobrevuela el precipicio.
Aunque incapaz de verter sangre propia o ajena ni de perder del todo las formas, al menos eso es lo que percibo de mi misma, lo que quiero pensar… tras mi participación como oyente en los talleres de investigación de ‘Teatro de la Ciudad’, formo parte de un grupo de Facebook que se define como ‘adictos a…’ Parece como pertenecer a un club de fans enloquecidos por un determinado producto fruto del márketing… Tendremos que replantearnos el nombre, e incluso la propia actividad; sobre todo una vez disfrutado el resultado de cada proceso artístico a través de los tres espectáculos programados al mismo tiempo en  La Abadía. El arte es sagrado, no un objeto de consumo cualquiera.



La tarde que fui a ver “Antígona”, dirigida por Miguel del Arco; a la entrada de la Sala Juan de la Cruz, antes de su apertura, un hombre situado a mi derecha preguntaba en voz alta a una mujer: - “¿Qué obra vamos a ver?”- Al mismo tiempo, entre las paredes del antiguo templo, palabras resucitadas, plenas de sentido y de belleza, ansiaban una nueva  reencarnación en algún pecho expectante. Como dijo en su día Larra, ‘¿quién es el público y dónde encontrarlo?’
Reflexioné sobre cuál podría ser el modo acertado de convocar y hacer posible la asistencia a estos eventos de una cantidad máxima de sensibilidades óptimas o, al menos, de aquellos seres que busquen comprender la existencia misma a través del arte y conserven, además, un ápice de las capacidades tanto de ilusionarse como de indignarse. Este ambicioso proyecto, “Teatro de la Ciudad”, pretende que todo individuo interesado se concilie con la vida cultural de su ciudad, que participe de ella activamente. Pero, ¿qué es la lucidez y dónde encontrarla?
Necesitamos perspectiva, tanto en el arte como en la vida. Así me lo advirtió un elemento escénico suspendido por encima de las cabezas de los que nos sentábamos ya en las butacas del teatro, esa tarde, esperando el inicio de la función; una forma geométrica, casi esférica, translúcida, que giraba levemente, aparentemente mecida por un sonido hipnótico. Se pretendía crear una atmósfera previa a la acción dramática. La gente ha olvidado la compostura en los rituales, y habla o consulta el teléfono móvil justo antes de lo iniciático. La magia se esconde en lo más oscuro de nuestro intelecto, incapaces como estamos de soportar el propio silencio, de concentrarnos.



Esta cápsula colgante, semejante a algún elemento de la naturaleza, quizá al cáliz de una flor rastrera, o más bien al estómago de una planta carnívora aparentemente inofensiva; intentaba ya decirnos algo insólito desde su transparencia. Los reflejos cambiantes de las fases lunares colorearon durante la función sus pétalos cerrados alrededor de un vacío inquietante. Como si la luz se transformara en nido de sierpes, como la confluencia de enfurecidos riachuelos de sangre derramada. Mensaje críptico era este: La esencia de la tragedia contenida en la obcecación que se adviene sobre las conciencias de ambos personajes principales, Creonte y Antígona. Los dos se aíslan. Lo razonable se les antoja mera ligereza de carácter. El peso de las responsabilidades que conlleva nuestro lugar en el mundo; contra el amor herido, que no ahorra en prendas. Lo que adoptamos como propio, de nuestra competencia, transformándose en un horripilante monstruo que nos engulle.
La armonía persiste, sin embargo, entre lo insignificante, el ‘sálvese quien pueda’ coral magnetizado, la marea humana que como una sola voz plural arrastra consigo a las víctimas precisas para alimentar los mitos, para apaciguar la voracidad de nuestro imaginario común, encumbrándolo hasta hacerlo irrespirable.





Regresemos a la historia que nos cuentan. Las leyes humanas, los muros que impiden el asedio de los disconformes aún no se han alzado, nadie se opone a Creonte, en un principio. Enarbolamos esperanzas y consignas a cada paso, necesitamos creer en nuestros líderes o en nuestro propio liderazgo. No es que el poder corrompa, es que el ejercicio del poder aparta de lo cotidiano de las gentes, de sus necesidades perentorias y sus aspiraciones; de sus ideales, materia explosiva e incuestionable. Pierde el gobernante el contacto directo con lo más sagrado para la ciudad y la relación entrambos se vicia, ya no es veraz. El poderoso, poseído de la verdad, pone un ladrillo opaco sobre otro; la razón emparedada.
Aunque, no nos engañemos, nosotros mismos, desde nuestras confortables butacas, proclives a la mesura y al anonimato,  somos candidatos perfectos como provocadores del sacrificio ajeno. No es propio de la mayoría abandonar tan fácilmente su zona de confort. Nadie tuvo la iniciativa de acometer junto a Antígona el acto considerado según la legislación vigente digno de castigo; ni tan siquiera Ismene accedió, aunque se empeñase en disuadirla; en soledad hubo de perpetrarlo; su hermana se aferró a la vida con todas sus fuerzas, asumiendo una nueva pérdida y sumándola al desdichado cúmulo de desgracias acaecidas a la familia de ambas. Tenemos capacidad de decisión. Y, pese a eso, ciudadanos prudentes, como nosotros, construyeron el cerco de la locura de Antígona, agitaron persistentemente su conciencia hasta enajenarla por completo, enardecidos en admiración hacia su firmeza, asustados y jubilosos a un tiempo.  La opinión pública manejando los asuntos, llevando y trayendo con violencia de mar embravecido a una ligera criatura alada inmersa en el estruendo de sus vaivenes; lanzada con inocente empeño contra la cuarta pared, que separa el hecho artístico de los que lo consumen, para hacerla añicos y que nada nos separe de su ofrenda: carne de nuestra carne desgarrada. Adoramos a los mártires solo después de muertos; ávidos como estamos, sin embargo, de predicciones, gráficos y encuestas. En la actualidad, estaría muy demandado el visionario Tiresias, pero, como entonces, pondríamos en tela de juicio sus pesquisas e ignoraríamos sus hallazgos.



En circunstancias extremas, ¿qué podría hacer un ser engendrado en luz sino ser esencialmente luz plena? Todos cegados, ajenos a la coexistencia de la sombra que dulcifica la experiencia, ascendiendo como asteroides encendidos hacia la inmensidad abisal del universo, hasta el remolino insondable de los agujeros negros.
Desde el inicio de los tiempos andamos errantes, huidos de la falacia del paraíso, buscando salidas dignas y contenidas a los conflictos humanos que generan tragedias. El mundo continúa girando sobre sí mismo ignorante y cruel, sujeto a la órbita de una melodía infinita en la que murmullo o grito, risa o llanto, vida o muerte; son tan solo notas de una partitura aún no escrita. Para saber, hay que distanciarse, ya lo he dicho; solo en la quietud está la perspectiva; ensimismarse, elevarse. Pero la sabiduría no consuela.
Antígona encapsulada en soledad absoluta, gimiendo como un animal abandonado al nacer, suspendida en la nada por los siglos de los siglos. 


Conmovida y asombrada por la propuesta de dirección de esta tragedia griega en la que, la supuesta ecuación a resolver sobre qué hacer con los coros, ha despejado la incógnita hacia lo más novedoso y atractivo que se ha visto al respecto en años.  ¡De repente, el coro, no solo es que estuviera en la acción, sino que la generaba y era además melodía de base, atmósfera! De igual modo quiero resaltar el estiramiento e incluso quebrantamiento de los límites en cuanto a la ocupación de los espacios a través de la acción. ¡Ha nacido el teatro en cuatro dimensiones!
No derramé una lágrima, prescindí de mis emociones hasta el final del espectáculo. Eso sí, los ojos y los sentidos todos, alerta, abiertos, descoyuntados…
 A Miguel del Arco, su valiente y excepcional elenco, junto al grupo de profesionales que ha colaborado en la creación de esta obra de arte; gracias; mil gracias y hasta pronto, espero…




María José Cortés Robles


FOTOGRAFÍAS: TEATRO DE LA CIUDAD



2 comentarios :

  1. La crónica debería ser revisada, tiene errores graves de puntuación, acentuación y faltas. Las frases son excesivamente largas, hay que leerlas varias veces para poder captar la relación sintáctica que hay entre sus partes. Cosas así pueden matar una buena crítica.

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    1. Gracias por tus consejos. Le pasaremos tus palabras a la autora.
      Un saludo,
      LA CONOCIDA

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