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viernes, 12 de junio de 2015

LAS CRÓNICAS DE MJ: "EL AÑO DEL PENSAMIENTO MÁGICO" Joan Didion / Juan Pastor / Jeannine Mestre



Escenografía aséptica, minimalista: un lugar de espera. Vaso con agua dulce sobre una mesita auxiliar, asiento vacío. El mar enmarcado en lo imposible.
La entrada de Jeannine Mestre a escena es como a una cita entrañable, mirándonos a los ojos, sonriendo, acomodándose. Un aliento de salitre respirando a su espalda y en nuestros oídos. La blancura de su traje, espuma cubriendo una orilla, se diría dispuesta a desnudarla, retirándose; aunque tras volar, se pose en cada gesto. Contención: todo el caudal de su memoria retenido en un nódulo de perplejidades.
Antes, Juan Pastor, había sido el anfitrión perfecto, discreto, silencioso, atento a los detalles; sentándose entre el público, un poco apartado. Más o menos la mitad del aforo, los congregados en la sala Margarita Xirgu del Teatro Español. Siempre somos suficientes, los espectadores, para hacer efectiva la entrega de los artistas; pero muchos más son los imprescindibles para que el Arte, con mayúsculas, continúe su lucha por la supervivencia. Mantengamos nuestra cordura intelectual, nuestra apetencia cultural saludable: llenemos los teatros, cuando la ocasión lo merece. ¿Será nuestro esfuerzo recompensado por los responsables políticos pertinentes y nos bajarán el IVA? Es una gran incógnita, pese a los rumores; pero a cada cual lo suyo. No nos dejemos llevar por propagandas o por la desidia, busquemos como si se tratase de perlas entre el maremágnum de propuestas teatrales a nuestra disposición en Madrid.




Pero regresemos a esta obra, esta joya; única e inimitable, sencilla, sin artificios, como la vida misma; misteriosa y certera, como el final que nos acecha… Nuestra actriz nos mira en silencio. Cuando la palabra es liberada, una suave luz envuelve aún al público, anunciando así su participación activa. Cada cual es el interlocutor directo de Joan Didion; y nuestro silencio elocuente, el espejo en que el personaje se mira. ¡Qué prodigio escuchar decir un texto en español como si lo declamase una actriz inglesa! Cada sílaba, cada vocablo, cada acento, cada matiz en el fraseo; los distintos volúmenes de voz, del más extrovertido al más íntimo; todo al servicio de lo esencial, de su sentido. ¡Qué belleza en la expresión de sus manos, qué elegancia en sus movimientos, qué naturalidad!
Disculpen mi desconocimiento, he podido consultarlo y me adjudico el fallo, pero no sabía nada de Jeannine Mestre; ahora ya no podré olvidarla. Bueno, miento, me la habían mencionado como la mejor actriz de España… No difiero un ápice de tal consideración, sin entrar en comparaciones, pues es de lo mejor que he visto nunca. Me refiero a la técnica y me refiero al talento, ambos ingredientes imprescindibles para la veraz encarnación de un personaje. No tengo el placer ni tan siquiera de haber saludado a Jeannine, aunque me hubiese gustado darle un abrazo tras la función, con su permiso; por lo que no puedo valorar el esfuerzo en su trasformación hasta Joan Didion; quizá se sienta identificada y haya sido relativamente fácil, quizá no. Lo que sí puedo decir, es que yo vi sobre la pequeña tarima del escenario a una mujer americana con toda su idiosincrasia y con una historia que compartir, triste y luminosa a un tiempo. Y esa mujer nos habló largo y tendido sobre nosotros mismos, aunque en realidad nos relataba un año en concreto de su propia vida.




El texto de Joan Didion es hermoso, milagroso, como una resurrección. La autora nos presenta acontecimientos trágicos inesperados bajo el prisma del dolor insoportable que  provocan, y la capacidad del ser humano para continuar luchando más allá de sus propias fuerzas. ¿Cómo asumir la realidad, cuando nos sobrepasa? ¿De qué herramientas emocionales disponemos para hacernos cargo de las situaciones límite que nos correspondan? Porque no estamos a salvo, ni nosotros ni nuestros seres queridos podemos estar a salvo cuando ya no hay salvación ninguna. Pero el humor y el amor, lo más excelso en nosotros, se alza contrariado ante la adversidad de los que se nutren de nuestros cuidados. Y soñamos que, con fe, ahuyentaremos el peligro, que lo imposible es una broma de mal gusto.
Aparentemente, es un relato, una descripción exacta; pero bajo el listado de actividades frenéticas relacionadas con atajar los hechos, bajo el absurdo categórico que se impone, late un alma ocupada en recomponer la felicidad maltrecha pedazo a pedazo.






Tras ochenta minutos de magia, el pensamiento se despereza y despierta completamente. Joan Didion nos da la espalda en silencio y abandona su mirada sobre la corriente del agua. Al punto, sale de escena. Un misterio sobrecogido y sordo recorre la sala en penumbra. Los primeros aplausos tardan unos instantes, de conmoción generalizada. La actriz saluda repetidas veces mientras los aplausos crecen cual marea. Sin embargo, el “bravo” no sale de ningunos labios. Al ser iluminada la sala y contemplar los rostros del público, lo comprendo. Tras todo acontecimiento, hay un tiempo de reacción proporcional a la magnitud del mismo. Y, entonces, se suceden los abrazos y se repiten como consignas palabras de consuelo extraídas como propias del texto dramático: -“Hay que dejarlos ir con el agua”- Muchos estábamos llorando, vaciándonos, en plena catarsis. El arte y su alquimia, dándole alas a la experiencia.



Solo me resta agradecer su talento y su oficio a Juan Pastor, su exquisitez en la selección de artistas y de textos, su valentía al asumir el riesgo en producciones como esta. El teatro de La Guindalera es garantía de calidad, se represente en el espacio escénico que se represente. Por muchos años. Así sea.



 MARÍA JOSÉ CORTÉS ROBLES






lunes, 15 de diciembre de 2014

LAS CRÓNICAS DE MJ - LA BELLA DE AMHERST - William Luce / Juan Pastor



En Teatro Guindalera, si llegas un día lluvioso de otoño con bastante antelación con respecto al inicio de la función, son tan amables que te recomiendan un lugar cercano que consiga hacer más grata la espera. La biblioteca pública de la calle Azcona, por lo visto, una de las más amplias de Madrid, cumplió su cometido. Ningún ejemplar de William Luce en la sección de teatro; era de esperar. Esta vez no conocía el texto que se iba a representar, aunque sí a la escritora a la que se pretendía devolver a la vida: Emily Dickinson. “Conocer” es una concepto equívoco en depende qué contexto; en realidad, he leído alguno de sus  poemas y curioseado en los misterios de su biografía. El personaje real es ya bastante interesante: reclusión voluntaria en su hogar, posible enfermedad (epilepsia), obra prolija que permaneció inédita hasta después de su muerte... En la actualidad es reconocida como una de las poetisas más importantes de América.


Cuando recogí mi entrada pregunté: -“¿Qué me recomiendas para conseguir un buen sitio? ¿A qué hora vuelvo?” -“No hay problema”- me contestaron -“Nos falta por vender un tercio del aforo” Sentí de veras que fuera así, pero eso no me aseguraba un lugar privilegiado. Nada se interpondría entre María Pastor y yo; improvisé lo necesario para conseguir sentarme en primera fila a disfrutar del espectáculo.


Juan Pastor había hecho uso de su barita mágica y, en el escenario, permanecían suspendidas en el aire dos sillas giradas y a distinta altura. Algunos muebles aparecían volcados en el suelo, como si los hubiera empujado a esa posición una fuerza centrípeta, imagen congelada de lo que agita en su seno el ojo de un huracán mientras se reproduce.

Me satisfizo acertar en las predicciones, pues la obra se inició con el sonido lejano del vendaval, que balanceó levemente las sillas colgantes y el extremo de la insinuada vegetación. Esa voz atemporal resucitó a nuestra protagonista: la maga blanca, la que con un chasquido de los dedos consiguió atravesar la cuarta pared y conversar directamente con el público, seres del futuro, para después regresar a sus encuentros y desencuentros con personajes fantasma, criaturas del recuerdo. Con la ayuda de su prodigiosa memoria, enderezando un mueble o sentándose con cierta disposición en un sillón, fue capaz de dibujarnos de tal modo a los ausentes, que pudimos imaginarlos allí,  interactuando con ella; hasta al gato de su hermana que le deshacía las madejas. Saltó Emily adelante y atrás, de acontecimiento en acontecimiento, con la agilidad de lo incorpóreo, con la levedad de una pluma mecida por la brisa. Y, de súbito, un poema, un nido de palabras que ahondó en la cadencia del texto al completo, elogio del canto.



La poetisa, se ocupó ante nuestra plácida mirada de los pájaros, las fuentes, el huerto; y, a media noche, de las palabras, su pasión y su credo. Contó para la representación de su vida con cómplices suficientes: con sus padres y sus hermanos, con alguna amistad; un gran amor platónico, el que nos mencionó como Maestro. Su mundo, feliz y pleno a nuestros ojos. Tan solo una nostalgia presenciamos, la imposibilidad de publicar, la búsqueda de lectores más allá de su entorno. Al principio de la obra nos dio a probar una de sus tartas; al final, fue íntegra su entrega a través del baúl que contenía su mayor tesoro, miles de versos.

En medio de todo, el misterio. Algo inconfesable, del otro lado, que impregnó la atmósfera de la sala, que bailó en las pupilas de la actriz reflejándose de forma inmediata en las nuestras, dilatadas por la atención hipnótica. Permanecimos conectados a lo esencial como por encanto, sonreímos con ella y le enjugamos esa tímida lágrima, fruto de una pérdida. Pero no hubo ningún drama, nada que nos apartara del gozo de la creación, ningún dolor que emponzoñase ese placer de escuchar atentamente a Emily pronunciar una palabra llenando toda la boca de musicalidad cargada de sentido, de significados nunca tan precisos, pues que se alzan las palabras, se arremolinan y vuelan, trascienden, se las lleva el viento a otros oídos, a otros labios.


La tragedia, si la hubiera, es el agotamiento de la vida, que no el final, pues legamos siempre nuestro ejemplo; pues siempre se pueden recoger del suelo los muebles, enderezarlos, ponerlos en su lugar para que recuperen su utilidad y resulten de nuevo confortables y cálidos.

Es este un trabajo artístico cargado de esperanza, la misma que enarbolan los que conforman el equipo de teatro Guindalera, héroes contra el vendaval de la sinrazón que parece pretender arrasarlo todo. Ellos permanecen en pie y regresan cada día con una sonrisa al punto de encuentro. Emulemos su coraje y no faltemos a la cita.

Es este un compromiso,


MJ                                              María José Cortés Robles