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viernes, 12 de febrero de 2016

Las Crónicas de MJ: LA RESPIRACIÓN de Alfredo Sanzol



Respirar. Suponemos que, al sernos imprescindible, es un ejercicio habitual, que controlamos. Se nos corta la respiración, sin embargo, aunque no muy a menudo. Se acelera ante un peligro. Lo más peligroso sería dejar de respirar, pero ¿quién se atreve? ¿Quién es capaz de darle un uso divergente a un sacacorchos, por ejemplo? Sacarnos la vida, descorchar nuestro dolor para que pierda efervescencia y deje de macerarnos el estómago, plagado ya de mariposas muertas. Cuando el amor ha dejado de revolotear en la entraña, ¿a dónde se dirige? Y cuando de un cañonazo se han hecho añicos las aladas promesas, ¿cómo recomponer pedazo a pedazo lo que permitía el movimiento de la brisa en nuestras emociones? Excepcionalmente, lo estancado florece, ¿será la orquídea una flor muerta? No siempre lo bello es vivo. Pero para apreciar la belleza necesitamos la vida, estar vivos, cuanto más vivos más sensibles. Respirar.



Fotografía: Javier Naval
Si nos ponemos trágicos, el sacacorchos se convertirá en arma homicida que atente contra nosotros mismos. Pero si apreciamos nuestro reflejo en lo que importa, si nos observamos como si se tratase el remirarnos de un experimento singular que pone a prueba nuestras limitaciones, si tomamos perspectiva, si nos distanciamos, podremos descorcharnos y sorprendernos en pleno ataque de risa.
Pero, claro, para eso es imprescindible imaginarse uno mismo viviendo la propia vida, incluso imaginar una posible vida paralela que nos soporte y nos contenga, en la que respirar sea solo un juego feliz y mágico, la resolución de todas nuestras pesquisas de amor. ¿Por qué el amor ha de ser exclusivo y excluyente? O mejor, ¿cómo conseguir esa falacia de la exclusividad y el para siempre? ¿Y qué nos aportaría, de conseguirse? ¿Paz? ¿Tranquilidad? ¿Comodidad? Estancamiento.




Solemos parapetarnos tras lo conocido, pese a su efecto en nosotros. La valoración del porvenir en lides amorosas, está devaluada. En todo caso tomamos un sucedáneo que calme nuestro apetito o nuestra fiebre, y aguantamos. ¿Será un problema de pereza o de tiempo? Porque ya no me vale la cuestión ética. Hacer daño es permanecer sin sentido junto a alguien, no despedirse por hambre de horizontes. Luego están la ternura, el respeto, las formas. Valores asequibles para el desenamorado que, pese a todo, aún quiere cuidar de las formas.

¿Amar es depender y exigir dependencia? ¿Somos capaces de entregarnos de veras? ¿Queremos lo mejor para el otro o para nosotros mismos? ¿Es querer o es amar? ¿Físico o espiritual?
Habrá que considerar las relaciones como un pacto. Nada más. “Si la cosa funciona”, que decía aquel… Pero ¿quién se traga ya el cuento de que la felicidad es vivir en pareja, que existe el príncipe azul o la princesa de los labios de fresa, que nuestra media naranja está por esos mundos desgajada y expectante? Que no, que hay que crecer, Nagore, aunque duela. Deberíamos considerar cada ruptura como una oportunidad que nos brinda la vida. A ambas partes, el que abandona y el que se queda perplejo y con la boca abierta. Dejarnos de orgullos heridos y de bajas autoestimas. Estimar sobre todo la experiencia compartida, conservar y salvar lo que quede del amor entrambos, si lo hubo, porque todo se transforma. La vida es cambio continuado, cada instante es distinto. ¡Qué afán por prolongar lo imposible! Solo el instante es eterno. Y dura eso, un instante. ¡Pero qué belleza, en su conjunto, nuestra vida entera tachonada de instantes precisos y preciosos como estrellas en el firmamento!



Perdona, Alfredo, me desvío del tema. Pretendo escribir una crónica de vuestro trabajo artístico, una alabanza de ese texto tuyo de “La Respiración”, tan beneficioso para el que se deleita en contemplarlo, en escucharlo, en reírlo, en respirarlo. ¡Y qué bendición y qué acierto la música! ¡Qué genialidad la comparación de la armonía musical con nuestras posibles sinergias! Era necesario romper la cuarta pared y lo hicisteis. Era imprescindible un grado alto de locura y desenfado, y no os dolieron prendas. Era fundamental romper las distancias, que se encarnasen los actores en nuestro devenir cotidiano y nuestras miserias. Y nos enamoramos de todos y cada uno de los personajes, empezando por Nagore y terminando por su madre, se parezca o no a la nuestra. Sin excepción alguna. Cuando se rompió la magia, cuando la ilusión se esfumó, cuando despertamos todos y regresamos al mundo; nos quedó sin duda un poso de tristeza bajo la amplia sonrisa del que comprende y acepta.
Así fue. Me mezclé la otra tarde entre los espectadores de Teatro Abadía, más escéptica que otra cosa. No era yo presa fácil, no crean, dadas mis circunstancias, precisamente ahora cuando tanto sé del tema que se trata. Que me haga reír y llorar la función, en varias ocasiones al mismo tiempo; que me duela y me empuje a la alegría verme reflejada en Nagore, no es casualidad, sino mérito de todo el equipo de artistas, del director y dramaturgo, de la totalidad del elenco. Salí bañada en lágrimas y cantando. La respiración más suave y profunda. Os doy las gracias.
No solo es aconsejable la función, sino terapéutica y lúcida. Compruébenlo.

María José Cortés Robles






jueves, 14 de mayo de 2015

LAS CRÓNICAS DE MJ: DE LO INSOPORTABLE VULNERADO “Regreso al Hogar”, HAROLD PINTER / IRINA KOUBERSKAYA



¿Qué reducto insobornable nos mantiene erguidos y alerta entre la podredumbre? ¿Por qué ahondar en las raíces amargas de la vida? ¿Qué impulso de los ínferos nos impide la renuncia?
Cuando se violenta la palabra como a una virgen disfrazada, cuando se busca la estridencia que reverbera en los corazones, cuando la acción arrasa con lo codiciado por los simples, cuando la entrega corrompe… ¿a dónde mirar?, ¿cómo no huir?


La belleza compasiva dando cobijo al tedio más salvaje, abriéndose paso entre la desesperación y el vicio. La desidia reconociendo la elocuencia mancillada  del silencio.
Irina Kouberskaya sabe bien que lo artístico es eso que permuta bajo obviedades; esa cadencia insólita que surge de pronto, hipnotizando a los perdidos en la vorágine de la existencia; ese instante detenido que nos salva de la indigencia emocional y del ensordecedor aullido del destino. Irina conoce bien nuestra tendencia a la completud, a fortalecer nuestra presencia imantada de infinito. Es, por lo tanto, prodigioso el encuentro entre esta directora y Rocío Osuna, actriz que encarna el único personaje femenino, “Ruth”; todos los reunidos aquella tarde en Teatro Tribueñe como tal lo celebramos. Esta talentosa actriz, siguiendo las sabias directrices de Irina Kouberskaya; se aventura por  senderos intransitables, entre rescoldos encendidos por los bajos instintos; como ofrenda del marido en su “regresar a la hoguera”, que no al “hogar”, porque el pasado es ya una pira ávida de sacrificio y se hace su ambiente extraña humareda irrespirable.



Abrimos la puerta a lo repulsivo en nosotros con la misma llave imaginaria que los actores. ¿Qué hallazgos compartimos? Alimañas acechando cualquier atisbo de ajena complacencia, familiares próximos, de la propia sangre,  que se sirven su porción de dicha de nuestro propio plato sin  solicitar los permisos pertinentes. Nos sentimos atacados en nuestro orgullo junto a “Teddy” (aquella tarde reencarnado en el actor Pablo Múgica).
Uno cree que los propios orígenes son tan solo la nostalgia de una suerte asumida como desgracia o como ventura en el reparto de la fortuna; que puede uno alejarse de los congéneres, distinguirse, mejorarse… Pero ningún ser humano permanece exento de las máculas de la deshonra si, estando en el lugar indicado y a tiempo, pudiendo reaccionar, no hace nada para remediar la ignominia.  Y es que no resulta salubre rebuscar en las cloacas, por mucho que identifiquemos nuestros propios deshechos.



La propuesta de esta directora transciende el tan manido enfrentamiento entre los géneros; no nos habla de maldades ni de bondades, sino de lo sórdido y lo sublime, dos caras de una misma moneda. No es una obra fácil de ver, cómoda, ni divertida. Pese a ello, este trabajo, en su controversia, es capaz de dibujar una media sonrisa en los rostros de los espectadores, máscaras superficiales de su atención perpleja. Despierta nuestra empatía, aunque nos resulte asombroso, la desfachatez del resto de los personajes masculinos, desde los más endurecidos por su batallar sin esperanzas contra la erosión del paso del tiempo (“Max”, interpretado magistralmente por Fernando Sotuela), hasta la tristísima mímesis del fracaso practicada por el simple, el inocente perdido en el resplandor giratorio de los espejos (Miguel Pérez-Muñoz en su entrañable interpretación de Joey). Todos ellos insectos rastreros y, en contraste ella, única libélula en la oscuridad.



Hay momentos verdaderamente mágicos: la desnudez de un abrazo que se  ha disuelto lentamente en caricias, el ensamble de dos cuerpos recogidos en ternura que se fecunda… Otros, mitológicos, del mundo de los sueños: el erotismo sacralizado en una danza imposible de diosa que se multiplica…
La saciedad consuela, pero el amor está huido. A veces regresa unos instantes para mirarse en el abismo de unos ojos… y cree reconocerse… pero se desvanece… ¡Aún nos queda la belleza!
Gracias a todos los artistas que participan de esta función, de esta ‘rara avis’, orquídea negra de intenso perfume que embriagó nuestros sentidos hasta el desvanecimiento la otra tarde en Teatro Tribueñe.
Vayan a verla, si aman el arte, pero sin garantía ninguna de salir indemnes.

MJ 

María José Cortés Robles











lunes, 15 de diciembre de 2014

LAS CRÓNICAS DE MJ - LA BELLA DE AMHERST - William Luce / Juan Pastor



En Teatro Guindalera, si llegas un día lluvioso de otoño con bastante antelación con respecto al inicio de la función, son tan amables que te recomiendan un lugar cercano que consiga hacer más grata la espera. La biblioteca pública de la calle Azcona, por lo visto, una de las más amplias de Madrid, cumplió su cometido. Ningún ejemplar de William Luce en la sección de teatro; era de esperar. Esta vez no conocía el texto que se iba a representar, aunque sí a la escritora a la que se pretendía devolver a la vida: Emily Dickinson. “Conocer” es una concepto equívoco en depende qué contexto; en realidad, he leído alguno de sus  poemas y curioseado en los misterios de su biografía. El personaje real es ya bastante interesante: reclusión voluntaria en su hogar, posible enfermedad (epilepsia), obra prolija que permaneció inédita hasta después de su muerte... En la actualidad es reconocida como una de las poetisas más importantes de América.


Cuando recogí mi entrada pregunté: -“¿Qué me recomiendas para conseguir un buen sitio? ¿A qué hora vuelvo?” -“No hay problema”- me contestaron -“Nos falta por vender un tercio del aforo” Sentí de veras que fuera así, pero eso no me aseguraba un lugar privilegiado. Nada se interpondría entre María Pastor y yo; improvisé lo necesario para conseguir sentarme en primera fila a disfrutar del espectáculo.


Juan Pastor había hecho uso de su barita mágica y, en el escenario, permanecían suspendidas en el aire dos sillas giradas y a distinta altura. Algunos muebles aparecían volcados en el suelo, como si los hubiera empujado a esa posición una fuerza centrípeta, imagen congelada de lo que agita en su seno el ojo de un huracán mientras se reproduce.

Me satisfizo acertar en las predicciones, pues la obra se inició con el sonido lejano del vendaval, que balanceó levemente las sillas colgantes y el extremo de la insinuada vegetación. Esa voz atemporal resucitó a nuestra protagonista: la maga blanca, la que con un chasquido de los dedos consiguió atravesar la cuarta pared y conversar directamente con el público, seres del futuro, para después regresar a sus encuentros y desencuentros con personajes fantasma, criaturas del recuerdo. Con la ayuda de su prodigiosa memoria, enderezando un mueble o sentándose con cierta disposición en un sillón, fue capaz de dibujarnos de tal modo a los ausentes, que pudimos imaginarlos allí,  interactuando con ella; hasta al gato de su hermana que le deshacía las madejas. Saltó Emily adelante y atrás, de acontecimiento en acontecimiento, con la agilidad de lo incorpóreo, con la levedad de una pluma mecida por la brisa. Y, de súbito, un poema, un nido de palabras que ahondó en la cadencia del texto al completo, elogio del canto.



La poetisa, se ocupó ante nuestra plácida mirada de los pájaros, las fuentes, el huerto; y, a media noche, de las palabras, su pasión y su credo. Contó para la representación de su vida con cómplices suficientes: con sus padres y sus hermanos, con alguna amistad; un gran amor platónico, el que nos mencionó como Maestro. Su mundo, feliz y pleno a nuestros ojos. Tan solo una nostalgia presenciamos, la imposibilidad de publicar, la búsqueda de lectores más allá de su entorno. Al principio de la obra nos dio a probar una de sus tartas; al final, fue íntegra su entrega a través del baúl que contenía su mayor tesoro, miles de versos.

En medio de todo, el misterio. Algo inconfesable, del otro lado, que impregnó la atmósfera de la sala, que bailó en las pupilas de la actriz reflejándose de forma inmediata en las nuestras, dilatadas por la atención hipnótica. Permanecimos conectados a lo esencial como por encanto, sonreímos con ella y le enjugamos esa tímida lágrima, fruto de una pérdida. Pero no hubo ningún drama, nada que nos apartara del gozo de la creación, ningún dolor que emponzoñase ese placer de escuchar atentamente a Emily pronunciar una palabra llenando toda la boca de musicalidad cargada de sentido, de significados nunca tan precisos, pues que se alzan las palabras, se arremolinan y vuelan, trascienden, se las lleva el viento a otros oídos, a otros labios.


La tragedia, si la hubiera, es el agotamiento de la vida, que no el final, pues legamos siempre nuestro ejemplo; pues siempre se pueden recoger del suelo los muebles, enderezarlos, ponerlos en su lugar para que recuperen su utilidad y resulten de nuevo confortables y cálidos.

Es este un trabajo artístico cargado de esperanza, la misma que enarbolan los que conforman el equipo de teatro Guindalera, héroes contra el vendaval de la sinrazón que parece pretender arrasarlo todo. Ellos permanecen en pie y regresan cada día con una sonrisa al punto de encuentro. Emulemos su coraje y no faltemos a la cita.

Es este un compromiso,


MJ                                              María José Cortés Robles 




jueves, 27 de noviembre de 2014

LAS CRÓNICAS DE MJ: A LA ATENCIÓN DE CATALINA (Elena Rey en “Petra”, Fassbinder)

Mi querida rubita:

Tuve que salir corriendo a coger el búho porque, como sabes, vivo en la estratosfera. Me hubiera gustado darte un nuevo abrazo con el que devolverte lo adquirido tras la inmersión en esa bola de cristal en la que convertisteis la otra noche La Casa de la Portera. ¿Sabes esos souvenirs que si se invierten y enderezan al instante nos hacen contemplar la ilusión de la nieve cayendo sobre un paisaje, una ciudad, un monumento, un personaje? “Las amargas lágrimas de Petra...”, vimos caer sobre tus ojos desnudos, atentos, perplejos como los de un gato ante un león con cola de ratón. Intuimos la perversión desde tu entrada al salón de los espejos porque somos perversos desde la cuna, por nada más ni menos.

El que no sabe es como el que no ve, pero también está la intuición sagazmente femenina, la desfachatez de la ignorancia que no tiene nada que perder y que lo devoraría todo en su sacrificio, el hambre de sensaciones nuevas, los fogonazos del éxito. ¿Qué podrías tú hacer en ese cruce de caminos? ¿Cómo llegar a la nausea sin probar bocado?
“Será un juego para mí” -pensaste, subida sobre los taconcitos de la inocencia, ceñida por la cintura por esas garras blanquísimas que ya te destrozaban- “Juguemos, pues...” -Te engañabas, tu impulso era afanoso y escurridizo, sibilino.


Ella, sin embargo, Petra, venía de la desolación, de una cama inmensa para la esbeltez de sus sueños, del frenesí de lo mundano cuando te obedece, de la defensa y la rapiña, del agotamiento en la inercia de su talento, de la apariencia inquietante, de lo sórdido pactado, de tantos huecos recónditos resonando en sus entrañas, en su cabeza amueblada con un gusto exquisito. Casi transparente en su ignominia, avanzaba hasta tu boca con su vestido blanco, entre la podredumbre, impecable en su desdicha, vulnerable entre tus piernas. ¡Tanta ansia de ti y tan ajena a sí misma! La elegancia es un valor trasnochado, nadie a su alrededor recurre al tacto en su trato con ella. ¿Por qué motivo se espera que la elegancia cuide de los suyos? Nadie repara en que un vampiro, antes, ha sido presa de murciélagos.

Nacer en un nido de diseño conlleva ciertos vicios, ciertas anomalías en la dependencia de unos con otros, un singular olvido de la soledad intrínseca que no nos abandona. A una le duele lo que le duele y se abre camino hacia su posesión sin dudar ni un ápice sobre el alcance y la garantía, sobre las consecuencias. Si alguien estorba, se le aparta y, si no es posible, la intolerancia hace carrera. ¿Cómo vamos a esforzarnos por calibrar lo del otro sin tenernos en cuenta a nosotros mismos? Damos importancia a lo que nos compete muy directamente, a lo que nos afecta, sin más. Evitamos hundirnos en el lodo de otros deseos, de necesidades ajenas, de sentimientos extraños en nuestros progenitores. Somos hijas y nuestras madres nos pertenecen, que nadie se inmiscuya. Nos da pavor que rehagan su vida, mejor que se marginen de amores ni complicaciones que las distraigan de su labor de proveedoras. Lo demás no importa, su apetito es un capricho, una demencia, algo ilógico, vergonzoso, pasajero...

Hemos sido hijas también, las madres, y madres las abuelas. Colaboramos en el camino que le espera a nuestros vástagos. Generaciones de hembras buscándose entre la niebla, desconectadas entre sí, desligadas de la tierra esencial, de su naturaleza vestal y su cosmología.  Sálvese quien pueda, ¡qué tristeza infinita!, sálvese quien quiera...

PETRA 2 - LA CASA DE LA PORTERA

Luego hay seres anodinos, que disfrutan de la bajeza, sobre todo de la propia; para los que la envidia es el néctar del que nutrirse y la rabia contenida la supuesta abnegación de la que hacen gala. Su silencio emponzoñado, la curvatura de su eficacia, les permiten acercarse a lo que brilla, coleccionar diamantes tan solo para admirarlos, nunca para lucirlos. Criaturas del infierno, contrahechas de espíritu, que fingen fidelidad de por vida, hasta que claudica lo amado. Entonces se asesta el golpe tantas veces meditado, esparciendo los cristales, evitando ya pisarlos o recogerlos. Y se alejan sin volver la vista atrás, buscando otros tesoros. El verdugo está por descubrir. Cada cual destruye lo que tiene a mano, lo que le cabe en el pecho.

Alimañas descarnadas, asestando dentelladas certeras. También en esto hay belleza, en esta obra tremenda: una deslumbrante y estilizada explosión de vísceras asépticas, desprovistas de sangre, inmóviles como esculturas de lo subcutáneo, quistes que se extraen y se conservan en formol. La belleza es efímera siempre y no consuela. También rondó la otra noche entre artistas y espectadores el sentimentalismo confitado de las amistades cobardes y superfluas, la osadía desesperada, el magnetismo voraz del encuentro fortuito, la danza macabra de las caricias contra los duelos, la acidez placentera del deseo consumado, el sufrimiento histérico y fatuo.  

Dejó la mano de agitar el  souvenirs, lo depositamos en el estante adecuado con el empuje de los aplausos. Hasta la próxima función. Recuperó cada cual su realidad, unos corriendo, otros andando, todos conversando. A los que estaban callados se les hacían preguntas. La típica de rigor, que conlleva otras implícitas: “¿Te ha gustado?” Una señora de avanzada edad respondió sin inmutarse: “Así es la vida”

Así pasó, Elena Rey, y el ángel de tu sonrisa estuvo presente. Quería contártelo, contarlo a quien le interese, compartirlo. Corroborar que es un placer ver tus trabajos, que es un orgullo trabajar contigo. Agradecer a todo el elenco y a su directora la veracidad, la valentía.

Hasta muy pronto,
MJ   

María José Cortés Robles


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APARTIR DE LAS AMARGAS LÁGRIMAS DE PETRA VON KANT DE Rainer W. FASSBINDER

JUEVES y VIERNES 22h en LA CASA DE LA PORTERA

                                                                   

lunes, 24 de noviembre de 2014

LAS CRÓNICAS de MJ: "EL JUEGO DEL AMOR Y DEL AZAR" Marivaux/Flotats



Es imposible aparcar en depende qué zona de Madrid, a las siete de la tarde de un sábado. Resultado: una hora haciendo el carrusel hasta claudicar a favor de un parking público. Mientras espero a mi acompañante y conductor del vehículo, rumio el error, bajo la lluvia, formando parte de la fila india que pretende invadir el Teatro María Guerrero. Entre los paraguas abiertos que chocan, enganchándose en una contienda más bien ridícula; y el recodo que algún proyecto de espectador iluminado ha tenido a bien trazar para la consecución del orden de espera, sin que tenga sentido ninguno seguirlo como lo hacemos habiendo un camino más recto; vamos creando la atmósfera previa adecuada para presenciar una comedia.
Nuestros asientos están bien situados y, por ende, hay un hueco sin ocupar en la fila anterior que nos permite la visión del escenario sin mácula. Es un buen augurio. Sin embargo, la señora sentada a mi izquierda me deja claro, que para estorbo, ella; que tiene intención de castigarme  introduciendo su codo en mis costillas durante el tiempo que dure la función y el coloquio añadido. Otra contienda que se va a librar, si nadie lo remedia, que no seré yo... Que si deslizo el brazo hasta que cede el suyo, que si de aquí no lo muevo... en fin... un entretenimiento añadido, pero con mucho disimulo. Ella se ha traído sus codos y yo la tos; a la que, supongo, los ácaros milenarios del telón y de los asientos alimentan. Para controlar su voracidad (la de la tos, que no de la señora) y la mía, le pido a mi amor un chicle, ya que he olvidado los caramelos de rigor. Sí, el que me acompaña y se sienta a mi derecha es el hombre de mi vida; nada mejor para ver algo de Marivoux, el también llamado poeta del amor.
Salivando un poco más para suavizar mi garganta, no sé si haciendo menos ruido, me concentro en observar la escenografía: dos alturas diferenciadas por la balaustrada y los tramos cortos de escaleras que delimitan el centro del escenario; en los laterales, en primer y segundo término, árboles y setos tridimensionales; jardines pintados en telón de foro. Tonos pasteles, azulados y grisáceos. La impresión es neutra, plácida y también añeja, de otra época.



El tema musical que sirve de leitmotiv al montaje es el que inicia el espectáculo, en boca de uno de los actores que tararea la melodía mientras la apunta cual compositor que estuviera componiéndola. El director va a optar por dejar el sonido que acompaña al texto siempre en un segundo plano, como ambiente, ya sea musical, ya sean trinos de pájaros, ya sean truenos lejanos que amenazan lluvia. La palabra, por lo tanto, cobra desde el inicio todo el brío de la belleza y el humor con los que autor y traductor han sabido revestirlas. Al fondo, un criado recorta el seto cuando irrumpen en escena ama y criada en plena discusión acalorada; escucha el jardinero un poco y abandona.
Desde el comienzo hay disfrute, placer en los actores que ejercen su oficio; gozo en los personajes, que aman la vida y se abandonan a jugarla reinventándola, llevando hasta el límite sus estratagemas; infantiles con sus disfraces; atrevidos tras sus máscaras. Lo que destila el pensamiento de Miravaux, oculto bajo toda esta fanfarria luminosa, es una idea preclara de libre albedrío, de voluntarioso enfrentamiento con el amor y sus misterios, de plena conciencia de nuestra humana condición.
La trama es el equívoco y el público es cómplice de lo certero de los sentimientos que impulsan y generan las alocadas acciones de los protagonistas, aparentemente manejados como marionetas por aquellos que saben lo que ellos ignoran todavía. Una ya imagina el final, pero es grato entretenerse en esas conversaciones que les enredan, espiar sus picardías voluptuosas, reírse con ellos de nosotros mismos y de la vulnerabilidad a la que quedamos expuestos cuando el amor nos acontece. 
Y, por otra parte, ¿quién sabe el instante exacto del enamoramiento y conoce las claves que lo generan? Podría ser cualquier día, cualquier persona, cualquier gesto... Eso es lo maravilloso.
Todo se resuelve y cada cual ocupa su posición, se acabó el juego. Si se han quebrado las reglas, un poco sí se ha sufrido, pero esto añade las especias tan necesarias en un guiso que se ha de degustar una tarde en la que todo estaba tranquilo y, tras varios anuncios tímidos, el cielo o el azar amenazan tormenta, ahora sí, con un rotundo rugido. Oscuro.
Aplausos y saludos reiterados. Se marcha parte del público. Flotats no nos hace esperar demasiado y se adelanta a los actores para iniciar el debate. Nos habla de la figura del autor, de su entorno social y artístico; de su relevancia en la cultura francesa, en la europea, de sus influencias; de lo revolucionario de sus personajes (un padre que permite a su hija que decida sobre su casamiento, una mujer dispuesta a casarse solo si considera adecuado al que le proponen como marido; criados que no dudarían en traspasar las barreras que marcan las clases sociales, si el amor así lo ordena) del preciosismo del lenguaje utilizado por el autor y la dificultad que entraña la traducción a otra lengua; de cómo, efectivamente, el trabajo de traducción ha sido tan adecuado que la obra no ha perdido brillantez ni ritmo; de la fortuna de encontrar actores tan jóvenes, con tanto talento y tan esforzados; de la necesidad de conservar las tradiciones y el poco esfuerzo que se hace en España por parte de las instituciones... Unos cuantos espectadores que permanecen en sala, plantean a los artistas preguntas reiterativas y de contenido insignificante, aunque grandilocuentes, me temo, casi todas dirigidas al director; y tras una hora más de esfuerzo por  parte de los que están sobre el escenario, se da por terminada la conversación, si es que se puede llamar así.
Es una pena que tengamos la oportunidad de intercambiar impresiones, reflexionar con sus artífices sobre lo vivido a través de una obra de arte y que la malgastemos o la desaprovechemos. Y me incluyo. ¿Somos una panda de mirones, sin más? Por lo menos tenemos curiosidad...

Con todos mis respetos.,                                                
María José Cortes Robles

sábado, 15 de noviembre de 2014

LAS CRÓNICAS de MJ: “BOYHOOD” Una película de Richard Linklater



Lo que nos sobra entre compromiso y asunto, programados ambos al milímetro: de improviso, faltan tres horas para la sesión de las cuatro en los Renoir. Afortunadamente debemos comer y este suave otoño en Madrid nos da su beneplácito para un posterior paseo entre los puestos de artesanía, brotados como hongos tras la lluvia, en Plaza de España.

 

La artesanía ya no es lo que era, o quizá lo que se reúne en esta plaza con ese nombre diste mucho de serlo. Me harta mirar las cosas que tienen precio, prefiero alzar la vista hasta la bola del mundo sostenida por los cuatro continentes, navegar unos instantes con las nubecillas que coronan el cielo. ¡Qué maravillosa perspectiva! O darle la espalda a Cervantes, a Rocinante y a la mula (nunca al Quijote, jamás a Sancho), para estampar mi asombro contra el Edificio España (Dicen que lo ha comprado un japonés; ¡por Dios, que no lo convierta en centro comercial!) Tal vez cerrar los ojos y escuchar: el canto de las fuentes horadando los escudos de las naciones que hablan nuestra lengua, el vaivén de las copas de los árboles centenarios, la estridencia de los pájaros... Sentarme en un banco y mirar, ¡el mejor de los deportes! Resistirme, parapetada en esta soledad elegida, a emular a muchos viandantes aprovechando cada segundo, negarme a hacer fotos o consultar mis contactos móviles. Ahora que todo es móvil, lo necesario es parar, la quietud, dejarse atrapar por el momento... Contemplar... (Puntos suspensivos...) Cuando la vida parece suspendida en el vacío y no sabemos nada, y todo se comprende, y guardamos silencio para no mentir, para no disfrazarnos con palabras.

Películas a 2 y 3 euros en los Cines Renoir de Plaza de España

En contraste, tengo que admitir que una hora después, el aire era frío y molesto, y un rictus de impaciencia se dibujaba en mi rostro orientado hacia el cristal de las puertas cerradas del cine, como hipnotizada, como si fuera capaz de abrirlas con tan solo la energía de mis ojos. Faltaba media hora tan solo, estaba la primera en la cola y varias personas me habían preguntado que cuándo abrían... -¡Y yo qué sé!- A menudo me empeño en no aceptar aquello que no está en mi mano cambiar. El estado de ánimo es una montaña rusa, al menos el mío... (Más puntos suspensivos... esta vez de suspense, más bien...) Por fin pude acceder a la sala, calentita y cómoda; sentarme, reconciliarme con la civilización, que nos reconforta y nos bien-enquista. ¡Qué mezquinos e insignificantes somos!

Desde la pequeña pantalla, un niño descansa tumbado en la hierba... Un adulto le saca de sus ensoñaciones... En otro momento le vemos observando de cerca un pájaro muerto, con naturalidad, sin dramatismos. Contempla... Desde los primeros minutos del largometraje (nunca mejor dicho, 165 minutos) el director nos conduce, presos en la mirada de Mason, su personaje protagonista, a lo largo del transcurso de una década en la vida de una familia de clase media americana.



La novedad artística es que el director ha preferido esperar para completar el rodaje, esperar a que los actores crecieran realmente, a que cumpliesen años; esto es lo experimental en la película. ¿Qué aporta? Pues algo muy curioso: veracidad y asombro. Es como cuando nos encontramos con a un jovencito que no veíamos desde que era niño, y está tan cambiado, y hasta la voz le resuena de otro modo en el pecho; pero conserva, sin embargo, un no sé qué inconfundible que nos traslada a su infancia, donde le conocimos...  Su transformación nos produce nostalgia, nos pilla a traición; no estamos entrenados en el advenimiento. Se asemeja este aspecto de la película, a  la grabación del proceso acelerado del crecimiento de una planta, desde el pequeño brote adherido a la tierra que se alza en busca del sol, hasta la flor que se abre dispuesta ya a transformarse en fruto.


En el relato de Linklater, hay fotogramas con sol y otros con lluvia; la risa y el llanto se suceden, como la noche al día; se turnan encuentros y despedidas... El argumento es anecdótico. Sin embargo, los momentos relevantes para Mason, se tornan cruciales también para nosotros, nos identificamos en lo esencial de cada circunstancia, de cada estado, de cada edad, nos reconocemos cómplices de cada una de sus emociones. Y al vislumbrar las experiencias de ficción presenciadas, desde la cima, junto a ese joven que hemos visto trepar hasta ella, ya universitario, casi independiente por fin; pensamos, junto a él, que la vida no es tan dramática, ni tan compleja, ni tan dura; somos nosotros los artífices de nuestra problemática; los prismas incandescentes, los espíritus errantes ávidos de respuestas. Ella, la vida, se basta y se sobra a sí misma. Solo si nos relajamos, si nos concentrarnos un ápice en lo que acontece, es que formamos parte del mundo. No estamos hechos de barro, sino de tiempo.

María José Cortés Robles