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martes, 1 de marzo de 2016

Las Crónicas de MJ: HAMLET de Miguel del Arco


¿A qué vamos al teatro? ¿Qué esperamos del trabajo artístico que se expone? ¿Con qué objeto aventurarse a representar aquellos iconos sagrados e irrepresentables? ¿Hasta qué punto hemos cosechado una serie de prejuicios con respecto a lo que debería ser la representación de obras tan magníficas como “Hamlet” o autores tan geniales como Shakespeare? ¿Es lícito repetir como un loro lo similar en cuanto a puesta en escena y encarnación de personajes? ¿Hay límites para la reinterpretación, o es más provechoso lanzarse hacia donde la intuición nos guía, hijos de nuestro tiempo ya, para hacer nuestro lo que nos contiene y nos trasciende?



Miguel del Arco es un “Kamikaze”. No le pidáis medias tintas, no sabría hacerlo. Su mente consume y genera pensamientos a una velocidad de vértigo. Así se comprende, al escucharle hablar del proceso de creación, de las fuentes en las que ha bebido antes de seguir sus impulsos y tomar sus decisiones. Expertos y filósofos, de Harold Bloom a Montaigne o Nietzsche. Lo necesario para acercarse lo más posible al pensamiento de Shakespeare, a la idea de la totalidad de la obra elegida. E, inmediatamente después, la perspectiva contemporánea, la suya, la exclusiva de Miguel del Arco, versionando incluso el texto. Esto es arriesgado y auténtico.

El arte teatral debe ser una herramienta para despertar conciencias, y no otra cosa. Incluso sacrificando a la Ofelia de las florecillas y la mirada perdida. En las propuestas artísticas de Miguel del Arco parece primar la dimensión esencial del ser humano, pero también la social o la política, pese a su predisposición a lo sensible. De lo que sí huye, creo yo, es de la sensiblería y lo mojigato, de recoger lo muerto para resucitarlo tan solo por emocionar. Elige hacernos pensar, aunque no renuncie a emocionarnos. Y yo se lo agradezco.

Prefiere hacer suyas las criaturas imaginadas por el autor y generar sus propios mundos paralelos, sin miedo al rechazo fruto de la incomprensión. Busca otro ángulo en el que también nos identifiquemos, otra perspectiva, que investiguemos con él para encontrar algo nuevo, si cabe.
Pero Miguel del Arco es solo la cabeza visible del equipo de “Kamikazes”. Siendo testigo de un ensayo técnico, pude comprobar hasta qué punto y con qué exactitud los actores se implican también en cuestiones, por ejemplo, de arquitectura escénica, siendo ellos mismos los que se encargan de trasladar o manipular elementos de la escenografía durante la función, trasformando el espacio escénico en lo que dura un suspiro. Un elenco tan cohesionado que funciona como una entidad única, al servicio de lo que en cada momento demanda la puesta en escena de la obra. Igualmente el equipo artístico que el equipo técnico, según declaraciones del propio director.




Este montaje de “Hamlet” es obra de ingeniería, un mecanismo perfecto que genera un ritmo y un tempo que nos atrapa, nos vapulea, nos va soltando poco a poco y nos deposita en la orilla de nuestra vida, de nuevo. La arquitectura de esa trampa de la realidad construida sobre el lugar de los sueños y las pesadillas, la ratonera del tiempo inexorable, el que nos corresponde, el que se agota. Y como colofón, la llanura de la tierra y el precipicio de la tumba.
Si nos sobreponemos a los terrores y a las penas, sobrevendrá lo reflexivo, podremos morir dignamente, parece querer decirnos del Arco por boca de Hamlet. Es preferible morirse uno a que le den muerte violenta tras haber matado. Pero ¿quién elige su destino?

Sea cual sea la circunstancia adversa y nuestro estado vital, permanece siempre algo en nosotros que nos conecta a lo esencial, hijos de la naturaleza que nos circunda, que nos contiene y nos ignora. La vida regenerándose hasta el infinito, siendo el ser humano prescindible. El director, a través de imágenes proyectadas, nos envuelve en atmósferas externas que nos conectan directamente con sensaciones. Las de Hamlet, perdido en lo ilimitado de su intelecto herido, del temblor de su mente prodigiosa, que necesitaría inventar una realidad paralela para lograr soportar el dolor por la muerte de su padre, para tolerar de algún modo la obscenidad que le supone que el mundo siga girando y no se desvíe un ápice de su órbita precisa, que se sigan sucediendo los días y las noches, que cambien las estaciones, que tras cesar la lluvia llegue la nieve.



Lo sensorial en el montaje contrasta de tal modo con las acciones de los personajes, que eleva lo que acaece en pos de lo sublime. Los fuegos, que no pueden ser más que artificiales en el recuerdo de esa boda entre la viuda y el asesino. Y los matorrales de espino que se entrelazan y crecen, cercando Elsinor. Nos resulta hermoso contemplar a Ofelia lamentarse de la locura de Hamlet bañada en una lluvia de luciérnagas o estrellas. O sumergir nuestra retina en la superficie de un agua que nos perturba dulcemente, mientras la Reina describe la muerte de Ofelia.

También la música juega, tanto en la cadencia del texto pronunciado como en las armonías propias del espacio sonoro externo que lo acompañan. Y, mientras la función respira, nos trasportamos a la infancia escuchando la canción que tararean actores  que hacen de actores, preparándose para el juego dentro del  juego. Y la coexistencia de un violín contra música vulgar de nuestros tiempos.
Todo ello para mayor gloria del Príncipe, resucitado en la calle Príncipe, sobre un escenario que resuena y reverbera como ninguno, el Teatro de la Comedia. El Príncipe Hamlet fingiendo no ser el único real entre tanta máscara, también las nuestras, “espectadores pálidos y mudos” que le miramos. Le vemos sufrir, dudar, pensar. El ser o no ser del Príncipe, tan hondamente encarnado en ese físico imponente y extraño de Israel Elejalde, mutante a nivel de alma camaleónica, proyectado hasta nuestra penumbra palpitante como una flecha imposible de evadir. Fui traspasada multitud de veces por el agudo ingenio ¿del actor o del Príncipe? ¡A quién le importa! Fui traspasada, eso baste. Me estremecí, me emocioné, quedé perpleja como una interrogación recurrente que no se contenta de serlo.




Y no es que los demás seres de Elsinor no mantuvieran su propia idiosincrasia, es que todos ellos fueron, la otra tarde, instrumentos precisos para encumbrar el intelecto privilegiado de Hamlet. Hay más momentos exclusivos, sin embargo. Los actores deslizándose como reptiles de entre los mantos de los reyes, ironía digna del propio rey de los ingenios. Es destacable igualmente el tratamiento de la escena en la que el rey usurpador pretende mitigar su culpa rezando. Se asemeja aquí el monarca a un sacerdote tras el púlpito, con una enorme cruz luminosa cubriéndole las espaldas, o más bien acechándole. Ya Shakespeare se preocupó de que Gertrudis  tuviera la oportunidad de lavar su culpa con un llanto amargo; ahora Miguel del Arco consigue que la cama donde ha sido subyugada por el placer, sobre la cual su hijo la enfrenta a sus miserias, sea engullida por el tiempo y se trasforme en tumba. Maravilloso efecto. ¡Y qué decir de la pelea de esgrima impecable y de los actores que la ejecutan! O de cómo varios actores se diversifican en distintos personajes sin romper la convención teatral en absoluto, muy al contrario.




Sumemos también el sacrificio de Ofelia. Se nos presenta una mujer de nuestro tiempo en la corte de Elsinor. Inteligente, alegre, vitalista. Un amor puro el suyo, intenso, entregado. Amante comprometida que intenta advertir y salvar a su amado. Un ser de luz que se ve arrastrado por lo circunstancial y lo prodigioso, mitad por mitad, quedando desubicado entre las sombras que lo oscurecen todo. Lo previo a su locura, me impulsaba a enamorarme aún más del mito reencarnado. Pero su enajenación me resultó ajena a mi concepto del personaje. No comprendí su salida de tono, quedé ofuscada al verla con su vestimenta estrafalaria, cantando poemas como si se tratase de vulgaridades de rabiosa actualidad. Me produjo rechazo, no conmiseración. Aún estoy en shock. A eso me refería en una de las cuestiones del encabezamiento de esta crónica: tenemos prejuicios. Hay que dejarse sacudir y olvidarlos. Hay que atreverse a escuchar a los que piensan por sí mismos. Hay que liberar el pensamiento. Dudemos, señores, dudemos… No seamos tampoco frente a los que alcanzan la cumbre como Polonio, aduladores que dicen ver en las nubes las formas que sean precisas solo por dar la razón al que está por encima de nosotros. Hay tanto de eso, estamos rodeados. Y, tristemente, nos contaminamos. Hagamos un esfuerzo, tengamos criterio propio, aunque esté equivocado.




 Tal vez lo que realmente nos produce la locura no fingida sea precisamente ese desapego del loco, ese rechazo. Esto lo pienso ahora, aunque no estoy segura. Para mí, se desvirtúa lo esencial en Ofelia. No  me parece que haya que utilizar una perspectiva tan en relieve, porque creo que lo que se consigue así es que la sensibilidad del público se desconecte de la empatía con el personaje. En todo caso se divierte al verle, cuando es trágico lo que le ocurre. Es cierto que la locura tiene algo de eso también, que uno no sabe si reír o llorar al contemplarla. Y que el resto de los personajes en escena mantenía el tono de tragedia. También es verdad que esa forma de ver a Ofelia interesa a los espectadores más jóvenes, doy fe. Aún no tengo conclusiones. Estoy pensando en ello y en lo que Shakespeare quiso decirnos al respecto, eso es lo importante.

Claro que, he sido una privilegiada, ya que he podido iniciar mi senda reflexiva directamente de la mano de Miguel del Arco. Tuvo a bien desentrañar sus motivos artísticos la otra tarde, tras comprobar mi perplejidad en este asunto de Ofelia. Nos reunimos con él por segunda vez los participantes de “Buscando a Hamlet”, actividad cultural de “Escuela Errante” que promueve la revista digital “Fronterad”. Fue un placer y un privilegio charlar con él, como digo. No le pierdo de vista, a Miguel del Arco. Continuaremos siguiendo estelas, buscando y, sobre todo, dudando. Es decir, pensando.

                                                                          MARÍA JOSÉ CORTÉS ROBLES



viernes, 12 de febrero de 2016

Las Crónicas de MJ: LA RESPIRACIÓN de Alfredo Sanzol



Respirar. Suponemos que, al sernos imprescindible, es un ejercicio habitual, que controlamos. Se nos corta la respiración, sin embargo, aunque no muy a menudo. Se acelera ante un peligro. Lo más peligroso sería dejar de respirar, pero ¿quién se atreve? ¿Quién es capaz de darle un uso divergente a un sacacorchos, por ejemplo? Sacarnos la vida, descorchar nuestro dolor para que pierda efervescencia y deje de macerarnos el estómago, plagado ya de mariposas muertas. Cuando el amor ha dejado de revolotear en la entraña, ¿a dónde se dirige? Y cuando de un cañonazo se han hecho añicos las aladas promesas, ¿cómo recomponer pedazo a pedazo lo que permitía el movimiento de la brisa en nuestras emociones? Excepcionalmente, lo estancado florece, ¿será la orquídea una flor muerta? No siempre lo bello es vivo. Pero para apreciar la belleza necesitamos la vida, estar vivos, cuanto más vivos más sensibles. Respirar.



Fotografía: Javier Naval
Si nos ponemos trágicos, el sacacorchos se convertirá en arma homicida que atente contra nosotros mismos. Pero si apreciamos nuestro reflejo en lo que importa, si nos observamos como si se tratase el remirarnos de un experimento singular que pone a prueba nuestras limitaciones, si tomamos perspectiva, si nos distanciamos, podremos descorcharnos y sorprendernos en pleno ataque de risa.
Pero, claro, para eso es imprescindible imaginarse uno mismo viviendo la propia vida, incluso imaginar una posible vida paralela que nos soporte y nos contenga, en la que respirar sea solo un juego feliz y mágico, la resolución de todas nuestras pesquisas de amor. ¿Por qué el amor ha de ser exclusivo y excluyente? O mejor, ¿cómo conseguir esa falacia de la exclusividad y el para siempre? ¿Y qué nos aportaría, de conseguirse? ¿Paz? ¿Tranquilidad? ¿Comodidad? Estancamiento.




Solemos parapetarnos tras lo conocido, pese a su efecto en nosotros. La valoración del porvenir en lides amorosas, está devaluada. En todo caso tomamos un sucedáneo que calme nuestro apetito o nuestra fiebre, y aguantamos. ¿Será un problema de pereza o de tiempo? Porque ya no me vale la cuestión ética. Hacer daño es permanecer sin sentido junto a alguien, no despedirse por hambre de horizontes. Luego están la ternura, el respeto, las formas. Valores asequibles para el desenamorado que, pese a todo, aún quiere cuidar de las formas.

¿Amar es depender y exigir dependencia? ¿Somos capaces de entregarnos de veras? ¿Queremos lo mejor para el otro o para nosotros mismos? ¿Es querer o es amar? ¿Físico o espiritual?
Habrá que considerar las relaciones como un pacto. Nada más. “Si la cosa funciona”, que decía aquel… Pero ¿quién se traga ya el cuento de que la felicidad es vivir en pareja, que existe el príncipe azul o la princesa de los labios de fresa, que nuestra media naranja está por esos mundos desgajada y expectante? Que no, que hay que crecer, Nagore, aunque duela. Deberíamos considerar cada ruptura como una oportunidad que nos brinda la vida. A ambas partes, el que abandona y el que se queda perplejo y con la boca abierta. Dejarnos de orgullos heridos y de bajas autoestimas. Estimar sobre todo la experiencia compartida, conservar y salvar lo que quede del amor entrambos, si lo hubo, porque todo se transforma. La vida es cambio continuado, cada instante es distinto. ¡Qué afán por prolongar lo imposible! Solo el instante es eterno. Y dura eso, un instante. ¡Pero qué belleza, en su conjunto, nuestra vida entera tachonada de instantes precisos y preciosos como estrellas en el firmamento!



Perdona, Alfredo, me desvío del tema. Pretendo escribir una crónica de vuestro trabajo artístico, una alabanza de ese texto tuyo de “La Respiración”, tan beneficioso para el que se deleita en contemplarlo, en escucharlo, en reírlo, en respirarlo. ¡Y qué bendición y qué acierto la música! ¡Qué genialidad la comparación de la armonía musical con nuestras posibles sinergias! Era necesario romper la cuarta pared y lo hicisteis. Era imprescindible un grado alto de locura y desenfado, y no os dolieron prendas. Era fundamental romper las distancias, que se encarnasen los actores en nuestro devenir cotidiano y nuestras miserias. Y nos enamoramos de todos y cada uno de los personajes, empezando por Nagore y terminando por su madre, se parezca o no a la nuestra. Sin excepción alguna. Cuando se rompió la magia, cuando la ilusión se esfumó, cuando despertamos todos y regresamos al mundo; nos quedó sin duda un poso de tristeza bajo la amplia sonrisa del que comprende y acepta.
Así fue. Me mezclé la otra tarde entre los espectadores de Teatro Abadía, más escéptica que otra cosa. No era yo presa fácil, no crean, dadas mis circunstancias, precisamente ahora cuando tanto sé del tema que se trata. Que me haga reír y llorar la función, en varias ocasiones al mismo tiempo; que me duela y me empuje a la alegría verme reflejada en Nagore, no es casualidad, sino mérito de todo el equipo de artistas, del director y dramaturgo, de la totalidad del elenco. Salí bañada en lágrimas y cantando. La respiración más suave y profunda. Os doy las gracias.
No solo es aconsejable la función, sino terapéutica y lúcida. Compruébenlo.

María José Cortés Robles






lunes, 2 de noviembre de 2015

LAS CRÓNICAS DE MJ: “LA MÁS FUERTE” - A. STRINDBERG / SARA NÚÑEZ DE ARENAS


La fuerza puede presuponerse una cualidad. 
Algunos seres la poseen en grado extremo. 
Todo lo extremo conlleva un desequilibrio.

Si nos asomamos a la psicología de la fortaleza suprema, puede sobrevenirnos cierto hedor a depredador hastiado, fiera que no mata por hambre sino por deseo. Por poseer lo deseado, como si fuera posible tal cosa, como si la posesión de otro ser no fuera una quimera destructiva.



Las correas que controlan los accesos resultan insuficientes al que le late la fiera en las entrañas. De nada sirve lo razonable cuando se merodea por pensamientos devastados por el incendio de los celos, cuando la imaginación calenturienta no solo adivina sino que adelanta acontecimientos y se predispone
a impedirlos, cueste lo que cueste, caiga quien caiga. No importa qué motivos se enarbolen, nada justifica el ir contra natura.

Los actores, además, somos una casta aparte. Nuestra naturaleza de creadores nos predispone al amor y, al mismo tiempo, algo extraño a nosotros nos empuja hacia lo oculto. Se trata entonces de actitud: empeñarse en vivir o empeñarse en morir. Luego queda la opción de matar como resistencia ante la vida: la ley del más fuerte. O también la de enfrentarse a la vida sin escudo: apuesta del sensible.

Vivir es una ecuación peligrosa. Dependiendo del reparto de las incógnitas, puedes formar parte del planteamiento o del resultado. La Señora X, desde luego, resulta ser la que pone el punto sobre la i, incluso el punto y final. Todo ello a costa de su sosiego y de la infelicidad de más de uno. Porque, no nos engañemos, por mucho que se fuerce a alguien a permanecer al pie de nuestra existencia como a un perro, el pensamiento es libre, la imaginación vuela y se escapa de los controles más severos. El corazón se acelera o se para cuando le place. Nadie nos pertenece, es imposible. Ni siquiera nos pertenecemos a nosotros mismos. Cuántas veces hemos dicho eso de “no soy dueña de mí”. Así le pasa a X, sin que eso le sirva para justificarse. En su afán por conservar el marido, ha ido transformándose en una copia de su amante, se ha perdido a sí misma. Ella cree fagotizar a la Señora Y, hacerla desaparecer. Pero la risa espontánea y las lágrimas cálidas de Y, bien valen todo lo por ella vivido; su pasión sofocada, que no extinguida. Donde hay rescoldos hubo fuego, eso dicen. Sin embargo, X se perderá como el humo, sin dejar rastro. Ella argumenta lo contrario, juega al despiste, convence, pero sabe en su fuero interno de su falsedad.





“La más fuerte”, esta pequeña obra maestra de Strindberg ha sido estrenada recientemente en la sala de La Infinito, dirigida por Sara Núñez de Arenas. Subyace en este montaje un regusto misógino extraído de la paranoia del autor del texto, de sus obsesiones, que arrojan una luz aterradora sobre aspectos psicológicos del alma femenina, con la erótica como núcleo escondido y palpitante. En la obra, la batalla parece lidiarse entre las dos mujeres tan solo por la imposibilidad de ser conscientes de su centro vital, de su amor propio. Todo gira en torno al eje masculino, el motor que las mueve. Queda así convertida la mujer en apéndice prescindible para el hombre, inmersa en proceso constante de selección como objeto de consumo. Muñeca rota también la esposa, tanto como la amante.



Mucho nos resta que recorrer hasta borrar de la sociedad la lacra que supone el sentimiento de inferioridad y la falta de autoestima que abre la veda para que seamos utilizados, vejados, vendidos, explotados. Porque, no nos engañemos, está en nuestra mano cambiar las cosas. Sigue proliferando, extendiéndose hasta las nuevas generaciones, esa actitud sumisa y dependiente que genera en muchos casos el maltrato. “Carne de cañón”. Es tremendo el modo en que podemos faltarnos al respeto unos a otros por conseguir unas migajas de amor, o de supuesto amor, o de admiración o veneración. Como si la vida tuviese algo que ver con eso, como si nuestra supervivencia estuviera predestinada de antemano a la convivencia con un ser determinado y la rutina no supusiese la muerte de lo sagrado en el ser humano, y no fuese la existencia caleidoscopio cambiante y mágico. Si el hombre tiene apetencias diversas, también la mujer. El ser humano las tiene, sin distinción. La libertad del amor consiste en tomar decisiones ante la novedad y lo añejo. Y toda relación amorosa ha de basarse en el respeto mutuo. No digo nada nuevo, pero viene a colación con lo presenciado la otra noche en La Infinito.
Con una puesta en escena cuidada en los detalles, esencial a la par que elegante, daba comienzo la obra. La Señora Y recibía al público entonando una canción sobre un poema de Blake y realizando un juego de sombras con sus manos. La atmósfera creada era infantil, imagen de una supuesta inocencia, del pájaro cantor que sobrevuela el peligro, ajeno a la puntería de los captores. Se recreaba la actriz, Macarena Regueiro, en la belleza del instante, nos hipnotizaba con su voz y su semblante.



Buscando en la penumbra como un ave carroñera aparecía la Señora X, interpretada por Pilar Baeza Mora. Nos situaba así la directora en la perspectiva correcta: La Señora X, como una obsesa,  buscaba “Amelias” por doquier. Cualquier mujer de entre el público podría ser un proyecto de Amelia, tan solo con permitirse ambicionar las pertenencias de X, incluido el marido. ¡Qué vacío tan inmenso cosecha ese terror a la pérdida! Para llenar el vacío, un aluvión de palabras se iba desenredando como de una oscura madeja desde la boca de X, ya sobre el escenario.  La Señora X se transformaba ante nuestros ojos de amiga solícita en consejera y, de esto, en bruja. Hubo un magnífico momento, que no voy a desvelar aquí, expresionista y onírico, en el que X se adelantó para desvelarnos su verdadero rostro.
Se trata, por tanto, esta propuesta de dirección de Sara Núñez de Arenas, de uno de esos juguetes antiguos con automatismo propio que mantienen al espectador alerta y ávido de reiteraciones. En la contemplación del artificio teatral obsequiado, el público que observa creyéndose ajeno a la trama, se reconoce y se extraña al tiempo de sí mismo. Acabada la función, se espera por si hay un añadido, se resiste a moverse, adicto a la propuesta. Todo lo aquí escrito es el jugo extraído de este acto ético presenciado y de mis sobrecogidas reflexiones posteriores, preñadas y en busca de sentido. 




Ustedes son tan libres como cualquiera, está dicho, irán a verla o se perderán la oportunidad. Yo regresaré a La Infinito a disfrutar de Strindberg. Quiero comprobar la evolución desde su estreno. Tomen o no la decisión acertada,  no pierdan de vista los nombres de estas artistas. Me sentiré orgullosa siempre de haberlo advertido.








MARÍA JOSÉ CORTÉS ROBLES
MJ






"La más fuerte" de August Strindberg, continúa en noviembre: jueves 20.30 y sábados 21.00 en La Infinito.
Reserva tus entradas en lainfinito@lainfinito.es o en el 

687 90 75 60

viernes, 12 de junio de 2015

LAS CRÓNICAS DE MJ: "EL AÑO DEL PENSAMIENTO MÁGICO" Joan Didion / Juan Pastor / Jeannine Mestre



Escenografía aséptica, minimalista: un lugar de espera. Vaso con agua dulce sobre una mesita auxiliar, asiento vacío. El mar enmarcado en lo imposible.
La entrada de Jeannine Mestre a escena es como a una cita entrañable, mirándonos a los ojos, sonriendo, acomodándose. Un aliento de salitre respirando a su espalda y en nuestros oídos. La blancura de su traje, espuma cubriendo una orilla, se diría dispuesta a desnudarla, retirándose; aunque tras volar, se pose en cada gesto. Contención: todo el caudal de su memoria retenido en un nódulo de perplejidades.
Antes, Juan Pastor, había sido el anfitrión perfecto, discreto, silencioso, atento a los detalles; sentándose entre el público, un poco apartado. Más o menos la mitad del aforo, los congregados en la sala Margarita Xirgu del Teatro Español. Siempre somos suficientes, los espectadores, para hacer efectiva la entrega de los artistas; pero muchos más son los imprescindibles para que el Arte, con mayúsculas, continúe su lucha por la supervivencia. Mantengamos nuestra cordura intelectual, nuestra apetencia cultural saludable: llenemos los teatros, cuando la ocasión lo merece. ¿Será nuestro esfuerzo recompensado por los responsables políticos pertinentes y nos bajarán el IVA? Es una gran incógnita, pese a los rumores; pero a cada cual lo suyo. No nos dejemos llevar por propagandas o por la desidia, busquemos como si se tratase de perlas entre el maremágnum de propuestas teatrales a nuestra disposición en Madrid.




Pero regresemos a esta obra, esta joya; única e inimitable, sencilla, sin artificios, como la vida misma; misteriosa y certera, como el final que nos acecha… Nuestra actriz nos mira en silencio. Cuando la palabra es liberada, una suave luz envuelve aún al público, anunciando así su participación activa. Cada cual es el interlocutor directo de Joan Didion; y nuestro silencio elocuente, el espejo en que el personaje se mira. ¡Qué prodigio escuchar decir un texto en español como si lo declamase una actriz inglesa! Cada sílaba, cada vocablo, cada acento, cada matiz en el fraseo; los distintos volúmenes de voz, del más extrovertido al más íntimo; todo al servicio de lo esencial, de su sentido. ¡Qué belleza en la expresión de sus manos, qué elegancia en sus movimientos, qué naturalidad!
Disculpen mi desconocimiento, he podido consultarlo y me adjudico el fallo, pero no sabía nada de Jeannine Mestre; ahora ya no podré olvidarla. Bueno, miento, me la habían mencionado como la mejor actriz de España… No difiero un ápice de tal consideración, sin entrar en comparaciones, pues es de lo mejor que he visto nunca. Me refiero a la técnica y me refiero al talento, ambos ingredientes imprescindibles para la veraz encarnación de un personaje. No tengo el placer ni tan siquiera de haber saludado a Jeannine, aunque me hubiese gustado darle un abrazo tras la función, con su permiso; por lo que no puedo valorar el esfuerzo en su trasformación hasta Joan Didion; quizá se sienta identificada y haya sido relativamente fácil, quizá no. Lo que sí puedo decir, es que yo vi sobre la pequeña tarima del escenario a una mujer americana con toda su idiosincrasia y con una historia que compartir, triste y luminosa a un tiempo. Y esa mujer nos habló largo y tendido sobre nosotros mismos, aunque en realidad nos relataba un año en concreto de su propia vida.




El texto de Joan Didion es hermoso, milagroso, como una resurrección. La autora nos presenta acontecimientos trágicos inesperados bajo el prisma del dolor insoportable que  provocan, y la capacidad del ser humano para continuar luchando más allá de sus propias fuerzas. ¿Cómo asumir la realidad, cuando nos sobrepasa? ¿De qué herramientas emocionales disponemos para hacernos cargo de las situaciones límite que nos correspondan? Porque no estamos a salvo, ni nosotros ni nuestros seres queridos podemos estar a salvo cuando ya no hay salvación ninguna. Pero el humor y el amor, lo más excelso en nosotros, se alza contrariado ante la adversidad de los que se nutren de nuestros cuidados. Y soñamos que, con fe, ahuyentaremos el peligro, que lo imposible es una broma de mal gusto.
Aparentemente, es un relato, una descripción exacta; pero bajo el listado de actividades frenéticas relacionadas con atajar los hechos, bajo el absurdo categórico que se impone, late un alma ocupada en recomponer la felicidad maltrecha pedazo a pedazo.






Tras ochenta minutos de magia, el pensamiento se despereza y despierta completamente. Joan Didion nos da la espalda en silencio y abandona su mirada sobre la corriente del agua. Al punto, sale de escena. Un misterio sobrecogido y sordo recorre la sala en penumbra. Los primeros aplausos tardan unos instantes, de conmoción generalizada. La actriz saluda repetidas veces mientras los aplausos crecen cual marea. Sin embargo, el “bravo” no sale de ningunos labios. Al ser iluminada la sala y contemplar los rostros del público, lo comprendo. Tras todo acontecimiento, hay un tiempo de reacción proporcional a la magnitud del mismo. Y, entonces, se suceden los abrazos y se repiten como consignas palabras de consuelo extraídas como propias del texto dramático: -“Hay que dejarlos ir con el agua”- Muchos estábamos llorando, vaciándonos, en plena catarsis. El arte y su alquimia, dándole alas a la experiencia.



Solo me resta agradecer su talento y su oficio a Juan Pastor, su exquisitez en la selección de artistas y de textos, su valentía al asumir el riesgo en producciones como esta. El teatro de La Guindalera es garantía de calidad, se represente en el espacio escénico que se represente. Por muchos años. Así sea.



 MARÍA JOSÉ CORTÉS ROBLES






jueves, 28 de mayo de 2015

LAS CRÓNICAS DE MJ: Invocación a Hécate “MEDEA” Séneca / Andrés Lima / Aitana Sánchez Gijón



Amo los procesos. El arte, en especial el dramático, es sobre todo eso: la prueba viva de un proceso. No hay nada absoluto, de ahí que un resultado artístico sea tan solo un punto de inflexión en una búsqueda que tiende al infinito. Si no va cargado de infinitud, no es arte.
El artista suele crear en soledad, aunque a menudo baje al mundo. Pero el arte dramático es una disciplina colectiva, ya como concepto. Dionisos solía emborracharse en compañía.

Es destacable, sin embargo, la actitud generosa de estos tres directores (Sanzol, Lima y Del Arco), pilares en los que se asienta el interesantísimo proyecto “Teatro de la Ciudad”; que, sacrificando el temor a quedar expuestos a opiniones y críticas desde el inicio de los ensayos, se arriesgan a compartir y a ser influenciados por fuentes diversas, para después llevar a cabo sus propuestas de forma más autónoma hasta acabar representándolas al unísono en un mismo espacio escénico del Teatro Abadía.



Me considero afortunada, pues se me ha hecho partícipe, a mí y a tantos, de esos talleres previos de investigación en los que se ha puesto a prueba lo eterno. No he catado aún “Entusiasmo”, la guinda en el pastel, pero no tardaré en hacerlo. Tras esta amenaza suculenta, vamos a lo que  hoy me ocupa: mi crónica de “Medea”



Al ser humano hay que explicarle la realidad y convencerle de que pertenece a ella. La naturaleza mágica de la existencia, la sublevación de sus elementos, genera el rito.
Una invocación es cosa seria. He de confesarlo: no pude abrir la boca, el día en que se nos animaba a participar desde nuestros asientos pronunciando el nombre de la diosa, en los talleres de Teatro de la Ciudad. Creo que fui la única “oyente”, en esos momentos. El sonido de tantas voces, reunidas también en un coro de jóvenes, o en el  grupo de  actrices convocadas para improvisar atmósferas; todo ello, aún me retumba dentro.



“Dentro”… Hermosa palabra, con eco que se difunde. Porque a todo interior, lo externo lo circunda. Aitana es actriz de recovecos ignotos, digna hechicera de espacios exentos de límites. Si ella me hubiera pedido invocarla, durante la función, la otra tarde, lo hubiera hecho; a la diosa o a ella misma.
Andrés Lima parece haber concebido “Medea” como acto poético, no como espectáculo. Asistimos, conmocionados, a la metamorfosis de Aitana en Medea. Lo que indagamos, lo que nos interesa, es lo que pasa dentro de Aitana; ya que todo lo externo, incluso el resto del reparto, el público mismo, está a su disposición, no solo la contempla. El mismo director narra su historia, la de Medea; y es su Jasón y su Creonte.  De rodillas, perra sumisa; con los ojos en blanco, inyectados de vaticinios atroces; presa de convulsiones, contagiada de los síntomas de su señora, avanza la nodriza (Laura Galán); siendo, a la vez, portavoz de infantes impedidos, mutilados, que preguntan sin tregua. Asistir a Aitana en todo momento pretende la música en vivo, de una exquisitez digna de la ópera, magníficamente interpretada por Joana Gomila; para que nada nos distraiga de lo esencial, que es el dolor de Medea, su transformación y el terror hipnótico que nos provoca.



Todo aquello que anhela poseer es poseído. La pasión habita el cuerpo, dispone de él y lo disloca. Nos falta el aliento en la escena con Jasón, pues el amor parece rescatable, asoma su cabeza de la ciénaga; mas le disuaden golpes certeros y se hunde. Tras la humillación definitiva, se va desnudando Aitana ante nuestros sentidos atónitos, va dejando paso a lo monstruoso que en ella anida; y que dormita, enroscado en lo más profundo de  cada uno de los que mira. La regresión como punto de vista.


©Foto Luis Castilla

En esta versión del texto de Séneca, es cada sintagma una llave hacia el fracaso del mundo, una oscura liturgia. Las palabras se hacen carne en Medea para traernos a Hécate de vuelta,  sacudirla en angustia indecente y fecundarla en tentación híbrida, ídolo impregnado de tierra húmeda.
Al fin, brota la violencia más terrible, pero sin sangre. Desde las altas cumbres de la civilización, se despeñan palabras huecas; la rigidez se quebranta, se hacen añicos las súplicas.
Tan solo queda el polvo estremeciendo el aire.
Inmensa, Aitana Sánchez Gijón, inmensa… ¿Qué más decir?... Inmensa…
Gracias,



MJ 
María José Cortés Robles




Fotografías 









miércoles, 29 de abril de 2015

LAS CRÓNICAS DE MJ: El despertar de la hybris o la cuarta dimensión “Antígona”/ Miguel del Arco




Precipitarse. Perder el equilibrio. No permanecer adheridos a la intersección entre las coordenadas de espacio y tiempo. Sucumbir en brazos del peligro. O, en cambio, catalogar los impulsos cuidadosamente, almacenar lo mensurable, desechar la desmesura. ¿Dónde queda el entusiasmo? Sobrevuela el precipicio.
Aunque incapaz de verter sangre propia o ajena ni de perder del todo las formas, al menos eso es lo que percibo de mi misma, lo que quiero pensar… tras mi participación como oyente en los talleres de investigación de ‘Teatro de la Ciudad’, formo parte de un grupo de Facebook que se define como ‘adictos a…’ Parece como pertenecer a un club de fans enloquecidos por un determinado producto fruto del márketing… Tendremos que replantearnos el nombre, e incluso la propia actividad; sobre todo una vez disfrutado el resultado de cada proceso artístico a través de los tres espectáculos programados al mismo tiempo en  La Abadía. El arte es sagrado, no un objeto de consumo cualquiera.



La tarde que fui a ver “Antígona”, dirigida por Miguel del Arco; a la entrada de la Sala Juan de la Cruz, antes de su apertura, un hombre situado a mi derecha preguntaba en voz alta a una mujer: - “¿Qué obra vamos a ver?”- Al mismo tiempo, entre las paredes del antiguo templo, palabras resucitadas, plenas de sentido y de belleza, ansiaban una nueva  reencarnación en algún pecho expectante. Como dijo en su día Larra, ‘¿quién es el público y dónde encontrarlo?’
Reflexioné sobre cuál podría ser el modo acertado de convocar y hacer posible la asistencia a estos eventos de una cantidad máxima de sensibilidades óptimas o, al menos, de aquellos seres que busquen comprender la existencia misma a través del arte y conserven, además, un ápice de las capacidades tanto de ilusionarse como de indignarse. Este ambicioso proyecto, “Teatro de la Ciudad”, pretende que todo individuo interesado se concilie con la vida cultural de su ciudad, que participe de ella activamente. Pero, ¿qué es la lucidez y dónde encontrarla?
Necesitamos perspectiva, tanto en el arte como en la vida. Así me lo advirtió un elemento escénico suspendido por encima de las cabezas de los que nos sentábamos ya en las butacas del teatro, esa tarde, esperando el inicio de la función; una forma geométrica, casi esférica, translúcida, que giraba levemente, aparentemente mecida por un sonido hipnótico. Se pretendía crear una atmósfera previa a la acción dramática. La gente ha olvidado la compostura en los rituales, y habla o consulta el teléfono móvil justo antes de lo iniciático. La magia se esconde en lo más oscuro de nuestro intelecto, incapaces como estamos de soportar el propio silencio, de concentrarnos.



Esta cápsula colgante, semejante a algún elemento de la naturaleza, quizá al cáliz de una flor rastrera, o más bien al estómago de una planta carnívora aparentemente inofensiva; intentaba ya decirnos algo insólito desde su transparencia. Los reflejos cambiantes de las fases lunares colorearon durante la función sus pétalos cerrados alrededor de un vacío inquietante. Como si la luz se transformara en nido de sierpes, como la confluencia de enfurecidos riachuelos de sangre derramada. Mensaje críptico era este: La esencia de la tragedia contenida en la obcecación que se adviene sobre las conciencias de ambos personajes principales, Creonte y Antígona. Los dos se aíslan. Lo razonable se les antoja mera ligereza de carácter. El peso de las responsabilidades que conlleva nuestro lugar en el mundo; contra el amor herido, que no ahorra en prendas. Lo que adoptamos como propio, de nuestra competencia, transformándose en un horripilante monstruo que nos engulle.
La armonía persiste, sin embargo, entre lo insignificante, el ‘sálvese quien pueda’ coral magnetizado, la marea humana que como una sola voz plural arrastra consigo a las víctimas precisas para alimentar los mitos, para apaciguar la voracidad de nuestro imaginario común, encumbrándolo hasta hacerlo irrespirable.





Regresemos a la historia que nos cuentan. Las leyes humanas, los muros que impiden el asedio de los disconformes aún no se han alzado, nadie se opone a Creonte, en un principio. Enarbolamos esperanzas y consignas a cada paso, necesitamos creer en nuestros líderes o en nuestro propio liderazgo. No es que el poder corrompa, es que el ejercicio del poder aparta de lo cotidiano de las gentes, de sus necesidades perentorias y sus aspiraciones; de sus ideales, materia explosiva e incuestionable. Pierde el gobernante el contacto directo con lo más sagrado para la ciudad y la relación entrambos se vicia, ya no es veraz. El poderoso, poseído de la verdad, pone un ladrillo opaco sobre otro; la razón emparedada.
Aunque, no nos engañemos, nosotros mismos, desde nuestras confortables butacas, proclives a la mesura y al anonimato,  somos candidatos perfectos como provocadores del sacrificio ajeno. No es propio de la mayoría abandonar tan fácilmente su zona de confort. Nadie tuvo la iniciativa de acometer junto a Antígona el acto considerado según la legislación vigente digno de castigo; ni tan siquiera Ismene accedió, aunque se empeñase en disuadirla; en soledad hubo de perpetrarlo; su hermana se aferró a la vida con todas sus fuerzas, asumiendo una nueva pérdida y sumándola al desdichado cúmulo de desgracias acaecidas a la familia de ambas. Tenemos capacidad de decisión. Y, pese a eso, ciudadanos prudentes, como nosotros, construyeron el cerco de la locura de Antígona, agitaron persistentemente su conciencia hasta enajenarla por completo, enardecidos en admiración hacia su firmeza, asustados y jubilosos a un tiempo.  La opinión pública manejando los asuntos, llevando y trayendo con violencia de mar embravecido a una ligera criatura alada inmersa en el estruendo de sus vaivenes; lanzada con inocente empeño contra la cuarta pared, que separa el hecho artístico de los que lo consumen, para hacerla añicos y que nada nos separe de su ofrenda: carne de nuestra carne desgarrada. Adoramos a los mártires solo después de muertos; ávidos como estamos, sin embargo, de predicciones, gráficos y encuestas. En la actualidad, estaría muy demandado el visionario Tiresias, pero, como entonces, pondríamos en tela de juicio sus pesquisas e ignoraríamos sus hallazgos.



En circunstancias extremas, ¿qué podría hacer un ser engendrado en luz sino ser esencialmente luz plena? Todos cegados, ajenos a la coexistencia de la sombra que dulcifica la experiencia, ascendiendo como asteroides encendidos hacia la inmensidad abisal del universo, hasta el remolino insondable de los agujeros negros.
Desde el inicio de los tiempos andamos errantes, huidos de la falacia del paraíso, buscando salidas dignas y contenidas a los conflictos humanos que generan tragedias. El mundo continúa girando sobre sí mismo ignorante y cruel, sujeto a la órbita de una melodía infinita en la que murmullo o grito, risa o llanto, vida o muerte; son tan solo notas de una partitura aún no escrita. Para saber, hay que distanciarse, ya lo he dicho; solo en la quietud está la perspectiva; ensimismarse, elevarse. Pero la sabiduría no consuela.
Antígona encapsulada en soledad absoluta, gimiendo como un animal abandonado al nacer, suspendida en la nada por los siglos de los siglos. 


Conmovida y asombrada por la propuesta de dirección de esta tragedia griega en la que, la supuesta ecuación a resolver sobre qué hacer con los coros, ha despejado la incógnita hacia lo más novedoso y atractivo que se ha visto al respecto en años.  ¡De repente, el coro, no solo es que estuviera en la acción, sino que la generaba y era además melodía de base, atmósfera! De igual modo quiero resaltar el estiramiento e incluso quebrantamiento de los límites en cuanto a la ocupación de los espacios a través de la acción. ¡Ha nacido el teatro en cuatro dimensiones!
No derramé una lágrima, prescindí de mis emociones hasta el final del espectáculo. Eso sí, los ojos y los sentidos todos, alerta, abiertos, descoyuntados…
 A Miguel del Arco, su valiente y excepcional elenco, junto al grupo de profesionales que ha colaborado en la creación de esta obra de arte; gracias; mil gracias y hasta pronto, espero…




María José Cortés Robles


FOTOGRAFÍAS: TEATRO DE LA CIUDAD



sábado, 4 de abril de 2015

LAS CRÓNICAS DE MJ: ESCUPIR SOBRE UN MITO “Don Juan Tenorio” (versión Juan Mayorga) / Blanca Portillo


Supongo que es esta una decisión harto sopesada de antemano, que no se determina así como así ni es una más de las tareas pendientes tachadas de la agenda. Espero, por mi fe en su talento, que Blanca masticó muy bien ese bocado intelectual, monstruoso en su fijación hierática; que le fue imposible de tragar o que incluso lo deglutió y lo mantuvo fermentando en su imaginación durante el tiempo necesario para que provocase el espasmo, la repulsa, la bocanada de asco perentoria. Resolver la historia de un mito en la contemplación de un escupitajo, contenga o no el arcoiris de los jugos gástricos en su reflejo, no resulta entretenido pasatiempo para espectador ninguno; te deja noqueado.

Es imprescindible el arte como revulsivo, ya es suficientemente complaciente  la apariencia artificiosa de lo cotidiano. Despertar entre las babas de alguien lúcido, sin embargo, no añade gozo, antes bien incomoda. ¿Y qué debe el interesado hacer cubierto de herrumbre? Sin duda ir a asearse. Eso hice. De la segunda fila del teatro, junto al pasillo, me precipité a la calle. No tuve interlocutor, me cuestioné a mí misma y no supe de conclusiones esa tarde; tampoco mientras escribo esto.


Voy a practicar esto de vez en cuando, escribir sobre un acontecimiento artístico más o menos lejano en el tiempo. También lo inmediato nos sale ya por las orejas, se desparrama por las cuencas de lo que somos en un continuo obsesivo. Mejor parar, dejarlo estar, guardar silencio. Los ecos de lo vivido, lo que conservamos.

De esa tarde de teatro recuerdo en escena imágenes planas, como planchadas dentro de un libro por el paso del tiempo; enormes signos superponiéndose con su frialdad armoniosa y móvil; danzas indescifrables, coreografías de violencia, afán vicioso e instintivo entre los seres reencarnados; y, sobre todo, una ausencia: ausencia de amor, ni un ápice de romanticismo, de ternura, de embelesada tendencia, de compasión. Lucidez, una visión distanciada de nuestros instintos. La palabra era un torrente de música electrónica, algo arrojado del alma con soltura y desfachatez, un impulso que se ha generado en el lado oscuro y serpentea hasta perderse en una carcajada seca, tan semejante a un lamento. Lo paradójico del instante ahogado en formol y reanimado por la descarga del desprecio.

 

No hay salvación para la estupidez humana, no hay calmante para el escozor de espíritu. He escrito “espíritu” por consideración a los allí reunidos ante semejante espectáculo, ya que en los personajes retumbaba el vacío existencial hasta estremecernos en las butacas. Nada transciende, la muerte se vanagloria con su vaporosa imagen y su voz impostada. Se nos advierte directamente, pero nos falta costumbre.  

De la música no sé nada, quizá un vano recuerdo de alguien cantando en el proscenio entre escena y escena... Alguien extraño, no demasiado humano.... O quizá era otra tarde, otra dirección, otra obra, o una creación propia surgida de la impronta del arte.



Aplaudí. Ya digo que me fui en dirección a lo urgente de mi vida en esa noche. Cada vez me cuesta más opinar en mis crónicas; no es opinar lo que quiero, sino trasladar la experiencia con su llameante incógnita. Ese es mi empeño.

Solo añadiré esto: La valiente directora Blanca Portillo da que pensar, y estamos muy necesitados. Quedo en espera de su próxima entrega (nunca mejor dicho...)

MJ

María José Cortés Robles